No public art
Ramon Parramon. Artículo publicado en EXIT-BOOK #7
Es el momento de abandonar definitivamente la idea de que el arte público constituye un sector especializado en el ámbito de la producción artística, no es más que una etiqueta que ha gozado de cierta simpatía en determinados parcelas de la gestión cultural orientada al arte. Cuando nos queremos referir a un tipo de prácticas que inciden en el espacio público se nos abre un amplio abanico de formalizaciones, unas toman la ciudad como contendor, otras ensayan estrategias de implicación, interacción o participación con el ciudadano, otras buscan el transeúnte ocasional para despertarle una especie de emoción interior, una experiencia sensorial diferente a la que viviría si esta intervención no existiera. Unas salen a la calle, otras utilizan estrategias publicitarias o medios de comunicación preexistentes, otras buscan la presencia o la ocupación de estos medios, otras ensayan y operan con nuevos formatos de interacción digital. Unas analizan el territorio y el contexto social, otras señalan el conflicto que surge de la expansión, la especulación urbana o la banalización de la transformación de la ciudad como mero consumo turístico. Otras, desde una perspectiva mucho más reaccionaria (o menos contemporánea) categorizan y catalogan una disparidad de formatos y actuaciones institucionales que abarcan cuestiones como la decoración de plazas, calles, edificios o rotondas.[1] Muchas de estas prácticas han proliferado bajo la idea formalizadora de ofrecer la ciudad como escenario, como lugar de tránsito amable, como soporte publicitario, como evento festivo de una celebración permanente de la diversidad, de la proximidad, como monumento iconográfico a la capacidad que tiene la ciudad de fagocitarlo todo; pero también de neutralizarlo y fragmentarlo. Prácticas que a veces son utilizadas como purga o saneamiento de la imagen pública que bajo el nombre de regeneración urbana, metodologías participativas, fomento de la identidad de pertenencia a un lugar, eluden a las rápidas transformaciones y la expansión urbana; fruto en muchos casos de una mezcla de pactos e intereses privados. Rogelio López Cuenca, en el artículo “Arte y esfera pública en la sociedad del espectáculo”[2] hace una aguda prospección sobre como gran parte de esta amalgama de actividades artísticas que suelen denominarse arte público han entrado en la lógica publicitaria. Porque la ciudad está inmersa en esta especie de campaña comercial permanente y éste es básicamente el juego que se persigue en pro de un turismo visitante y por consiguiente una tendencia hacia una simplificación de contenidos, una reducción a la categoría de marca y una privatización de lo público. Plantea como medida paliativa una incitación a la renuncia, que debiera ser secundada por los artistas, ante “la ingenua, soberbia y frecuente consideración del espacio público como un escenario, como una página en blanco o como el marco incomparable donde mostrar las obras”. Propone como vía alternativa el reconocer la necesidad de trabajar en colaboración con el entorno habitado, ya sea vecinos, asociaciones ciudadanas, con otros profesionales de disciplinas ajenas a los entornos artísticos o vinculados al ámbito académico.
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