Cuatro décadas

Eugeni Madueño

La Vanguardia 03/10/2001

En los años 60, el Fondo era una barrio en formación. Viviendas precarias construidas en con nocturnidad y alevosía por las riadas de andaluces que al atardecer llegaban a la estación de Francia. Y bloques levantados con materiales sin homologar por constructores amorales que hacían tabiques con papel de fumar y vigas con aluminosis o desaparecían con el dinero que les dejaban a cuenta los que comprobaban pisos sobre planos.

En los 70, las casitas de los catalanes eran anécdota en las calles en las que se arebujaba “la novena” provincia andaluza. ¡Qué relación tan fagocitadora! Recuerdo que a Frances Sala, el único niño catalán de mi calle, les sorprendían por igual nuestros cantos a gritos, los juegos nocturnos lejos del control de nuestras madres, y el reiterativo menú único familiar –el oloroso cocido de mediodía-, como a nosotros el idioma que él hablaba con sus padres.

En los 80 aquellos niños del Fondo habían progresado, tenían estudios y un trabajo que les permitía repetir el sueño de sus padres: formar una familia en un lugar más prospero que aquél barrio. Unos se fueron a Barcelona, otros al Maresme, muchos al Vallés. En el Fondo quedaron los padres, ya jubilados, y un mercado inmobiliario de pisos de baja calidad.

En los años 90 al Fondo llegaron familias a las que la transformación olímpica expulsaba de Barcelona, y los inmigrados a los que la ley de Extranjería obligaba a buscar refugio, más que vivienda. Son los andaluces llegados en los años 60 los propietarios de esos pisos que hoy se venden a precios desmesurados -20 millones por un sótano, 35 por un tercero sin ascensor, 40 si tiene cerca el metro…- y a los que los nuevos inmigrados solo pueden acceder sólo pueden acceder repitiendo la historia que ellos protagonizaron. Es decir, realquilando los pisos a paisanos que viven en ellos hacinados (en el Fondo hay pisos de chinos en los que las literas ocupan incluso los pasillos); transformando habitaciones en talleres clandestinos de confección (el trabajo sumergido de los inmigrados ha propiciado un imperio de moda pronta en Montigalá y ha hecho millonario a más de uno de aquellos niños andaluces), y ocupándose en los trabajos más duros y peor pagados.

En la primera década del nuevo siglo, las cosas me parece que son como lo fueron siempre. Unos hombres se aprovechan de las necesidades de otros. Y, en el caso de los inmigrados sin papeles, más fácilmente, pues su carencia de ciudadanía –de derechos y deberes- les hace más fácilmente explotables.   

Que las catalanes de origen andaluz olviden sus orígenes y digan que no se puede convivir con quienes tienen religión y cultura tan distintas -¡aquellos adictos al cocido no soportan ahora el olor a cuscús!- solo pueden atribuirse a la amnesia mental y al empobrecimiento cultural que acompaña al progreso económico.

Me pregunto qué pensarán ahora los intelectuales que durante años quisieran minar el ánimo integrador de los andaluces en Cataluña haciendo una analogía entre explotador y catalán ¡Cómo si las injusticias tuvieran patria!

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